Diumenge, 20 de Abril de 2014
Xarxa
La biología del "sex-appeal": elección de pareja en humanos
The biology of “sex-appeal”: mate selection in humans. Until recently, it was thought that standards for physical beauty were largely arbitrary and culture-bound. As the work of evolutionary psychologists is uncovering, women and men have evolved sex-specific mating strategies and preferences for traits affecting mate choice. Many of these universal qualities which people of different cultures link to sex-appeal are visual markers of the reproductive potential.

Cuando consideramos la enorme cantidad de dinero que mueve la industria de la belleza, desde la cosmética a la cirugía plástica o la moda, se hace evidente que el atractivo físico es un tema que nos preocupa mucho. Es erróneo pensar que esta preocupación es algo exclusivo de las sociedades occidentales actuales. La belleza es y ha sido una inquietud constante desde los orígenes de nuestra especie, e incluso antes (se han encontrado adornos corporales como collares o pulseras junto a los restos de homínidos anteriores a Homo sapiens). Hombres y mujeres de culturas muy diferentes adornan su cuerpo con algún tipo de maquillaje, tatuajes, piercing y/o abalorios de todo tipo.

Charles Darwin, en su libro The descent of man, and selection in relation to sex, fue el primero que trató el tema de la belleza humana desde un punto de vista biológico. Basándose en los comentarios de varios misioneros británicos, intentó encontrar patrones de belleza comunes a todos los humanos. Probablemente debido a los prejuicios y falta de objetividad científica de los informadores, Darwin acabó concluyendo que no existía un estándar general de belleza: distintas culturas tenían distintos patrones de belleza. Sin embargo, algunos estudios transculturales realizados recientemente han demostrado que sí existen unos patrones de belleza universales. Personas de diferentes clases sociales, edades, culturas y razas comparten un mismo sentido estético de la belleza humana y coinciden a la hora de discriminar qué es atractivo y qué no.

¿Por qué nos resultan sexys determinados rasgos faciales o corporales? ¿Por qué los hombres se sienten atraídos por las jovencitas y, en cambio, las mujeres se interesan por hombres mayores y bien situados? Recientemente, algunos científicos se han planteado que para comprender éstos y otros aspectos del comportamiento humano es necesario empezar por reconocer que se trata de un problema de biología evolutiva. A raíz de estas ideas ha surgido una nueva disciplina, denominada psicología evolucionista, que tiene como objetivo descubrir y comprender el diseño de la mente humana desde una perspectiva evolutiva. Los principios en que se basa esta nueva ciencia son muy simples y a la vez muy sugerentes, y se pueden resumir en la siguiente afirmación: nuestros circuitos neurales son el resultado de un proceso evolutivo, han sido diseñados por la selección natural para resolver los problemas a los que nuestros ancestros se han enfrentado a lo largo de nuestra historia. Generación tras generación, durante más de 10 millones de años, la selección natural ha ido lentamente esculpiendo el cerebro humano, favoreciendo aquellos circuitos que permitían resolver de forma apropiada los problemas a los que se enfrentaban nuestros ancestros: encontrar pareja, conseguir alimento (cazando y recolectando), buscar aliados, defenderse de los enemigos, criar a los hijos... Esto supone que, para entender nuestro comportamiento en el presente, hemos de tener en cuenta que está generado por mecanismos de procesado de información que existen porque resolvieron problemas adaptativos en el pasado, es decir, en los ambientes ancestrales en los que los humanos evolucionaron. Eso no quiere decir que la selección natural no continúe su acción en el presente, pero las condiciones que hoy en día nos resultan tan familiares, las ciudades, las naciones, las máquinas, las fábricas y los colegios, por citar algunas, son muy recientes. Representan menos de una milésima de la historia de nuestra especie y la evolución necesita mucho tiempo.

Personas de diferentes clases sociales, edades, culturas, razas y orientación sexual comparten un mismo sentido de la belleza humana y coinciden en que los hombres y las mujeres más simétricos son los más atractivos.
Foto: J. Micó

Nuestro cerebro contiene diferentes circuitos neurales especializados en resolver diferentes problemas adaptativos, y uno de los problemas más importantes con que se enfrenta todo animal a lo largo de su vida es el de encontrar pareja y reproducirse. Aunque pueda resultar demasiado pragmático y poco romántico, nuestros cerebros han sido diseñados para detectar y considerar sexualmente atractivos aquellos estímulos que son indicadores de un mayor potencial reproductor. Aquellos humanos primitivos que eligieron parejas con mayor capacidad reproductora dejaron más hijos y todos nosotros somos sus descendientes.

Nuestra experiencia cotidiana nos muestra que hombres y mujeres afrontan la sexualidad de forma muy diferente. Esto tiene sentido desde una perspectiva evolutiva, ya que como ocurre en otras especies animales, las mujeres realizan una mayor inversión parental y tienen un potencial reproductor mucho menor que los hombres. Un hombre puede engendrar muchos más hijos de lo que la monogamia le permite. Por tanto, ha habido un conflicto de intereses que ha llevado a que hombres y mujeres hayan evolucionado hacia estrategias sexuales diferentes. La psicología evolucionista ha formulado algunas hipótesis sobre las diferencias de estrategia entre los dos sexos a la hora de elegir pareja, y muchas de las predicciones que surgen a partir de esas hipótesis han sido comprobadas experimentalmente. En general, los hombres tienden a ser más promiscuos y más dispuestos a mantener relaciones sexuales con parejas ocasionales que las mujeres, y éstas son mucho más exigentes (selectivas) respecto a sus parejas sexuales.

Estudios sobre las preferencias a la hora de elegir pareja de hombres y mujeres de culturas muy diversas han demostrado que las mujeres colocan entre los primeros lugares los recursos que puede aportar el hombre, mientras que los hombres valoran la belleza. Pero, ¿qué rasgos resultan bellos a los ojos de los hombres? De forma universal, las mujeres más atractivas, más sexys, son aquellas que exhiben caracteres que indican un alto valor reproductivo. Los hombres aprecian aquellas características físicas que se correlacionan con la juventud, como la nariz y el mentón pequeños, los labios gruesos y la piel tersa, y con la fertilidad, como una cintura estrecha y unas caderas amplias (una relación cintura-cadera de 0.7 se considera sexy). Por otra parte estos rasgos están controlados por los niveles de estrógenos (más concretamente por la proporción entre estrógenos y testosterona). Curiosamente las mujeres encuentran atractivos distintos rasgos masculinos dependiendo del momento del ciclo menstrual. Aunque en general prefieren hombres con rasgos faciales suaves, algo feminizados, en el momento de máxima fertilidad del ciclo menstrual eligen hombres con rasgos faciales y corporales más masculinizados (indicadores de niveles elevados de testosterona).

Una característica que todos los humanos independientemente del sexo o la edad valoran a la hora de juzgar el atractivo de una persona es la simetría. Esta atracción por la simetría es algo que tenemos en común con muchas especies animales. Pero, ¿qué indica la simetría? Se considera que el grado de simetría es un indicador de “calidad genética”. Al elegir una pareja simétrica estamos eligiendo “buenos genes” para nuestros hijos. En todas las culturas, los hombres y las mujeres más simétricos son considerados los más atractivos. Se han realizado numerosos estudios sobre las relaciones entre simetría facial o corporal y el éxito en el apareamiento o el atractivo sexual en humanos. Los resultados de estos estudios demuestran que las mujeres más simétricas se emparejan con hombres con más recursos. Los hombres más simétricos pierden la virginidad antes, tienen más parejas sexuales, invierten menos recursos en la relación y son más infieles. Además, su olor resulta más sexy. Por otra parte, la frecuencia de los orgasmos femeninos durante la cópula se correlaciona con el grado de simetría de su pareja, de forma que los hombres más simétricos estimulan más orgasmos en sus parejas. Lo más curioso de estos trabajos es que demuestran que nuestro cerebro está capacitado para detectar y responder ante la más mínima asimetría ¡de forma totalmente inconsciente!

    El comprender el papel de la evolución en el fascinante proceso de la atracción sexual no nos evitará enamorarnos locamente cuando se presente la ocasión, pero tal vez nos ayude a enfocar de forma más pragmática algunas de las decepciones que pueden surgir en las relaciones con “el otro sexo”.

Las fotografías que ilustran este artículo han sido cedidas por el fotógrafo Jesús Micó y formaron parte de la exposición “Natura hominis. Taxonomías”.

Ester Desfilis. Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva. Universitat de València.
© Mètode 30, Verano 2001.

 

En esta fotografía se pueden apreciar las diferencias individuales en el grado de simetría corporal. Nuestro cerebro es capaz de detectar las más mínimas asimetrías del cuerpo humano. Como pasa en otras especies animales, tendemos a considerar más sexys los cuerpos más simétricos.
Foto: J. Micó




«¿Por qué nos resultan "sexys" determinados rasgos faciales o corporales? ¿Por qué los hombres se sienten atraídos por las jovencitas y, en cambio, las mujeres se interesan por hombres mayores y bien situados?»






Para calcular el grado de simetría facial o corporal se toman fotografías frontales, se marca el eje de simetría bilateral y se toman medidas de determinados puntos. En esta fotografía aparecen señaladas algunas de estas medidas en la cara (distancias entre las comisuras de los ojos, anchura de la nariz y de la boca, distancia entre los pómulos…)
Foto: J. Micó



«Los hombres aprecian aquellas características físicas que se correlacionan con la juventud, como la nariz y mentón pequeños, los labios gruesos y la piel tersa, y con la fertilidad, como una cintura estrecha y unas caderas amplias»