
A veces, como en esta sauceda del río Cabriel, cerca de Enguídanos, varias especies arbóreas y arbustivas se apoderan del cauce del río e incluso cubren la superficie del agua. Foto: A. Aguilella
Forests, hedges and grasslands: quintessence of the riverbank or “ribera”. The riverbank constitutes a very different habitat to the Mediterranean countryside that surrounds it. The dynamic of the river has carved out a series of niches characterised by their wide heterogeneity and dynamism. Forests, hedges and grasslands make up the essence of the damp riversides. From earliest times, these ecosystems, with their depth and quality of soils as well as the hydrological regime of the basin, have been used by man to plant irrigated crops, eventually modifying the course of the river. The quality of the riverside environment is in a serious condition and demands the habitats found there to be re-evaluated, with the need for measures of protection to be taken to avoid their destruction. Los pobladores mediterráneos siempre han buscado la proximidad de los ríos. Éstos han sido fuente de riqueza y han permitido el desarrollo humano. La necesidad de agua ha sido una constante en la evolución humana, pero conforme ha ido desarrollándose culturalmente y demográficamente, esta necesidad ha ido incrementándose. Hacerse sitio en la ribera le ha exigido luchar contra la feraz vegetación de bosques, sotos y herbazales. El resultado de esta intensa e íntima relación del hombre con la ribera se muestra en la rica terminología que se ha desarrollado para designar estos bosques y bosquetes (alamedas, choperas, saucedas, olmedas, tarayales, fresnedas, alisedas, etc.), arbustedas riparias (adelfares, bardaguerales, sargales, formaciones de agnocasto, zarzales, espinares) o herbazales (formaciones de berro y apio, juncares, mansegares, ciscales, eneales, carrizales, cañaverales, lastonares, gramares). La relación de la especie humana con el bosque ribereño siempre ha resultado negativa para éste, al menos en las zonas más densamente pobladas, como puede ser el caso del litoral valenciano. Excepcionalmente, en las áreas de montaña, las poblaciones humanas han sabido mantenerse más cerca del equilibrio entre la explotación de los recursos de los ríos y su preservación, gracias a unos usos tradicionales más conservadores, pero también por la baja demografía y las limitaciones del clima serrano para su explotación agrícola. En cualquier caso, es justamente en estas áreas de montaña, en zonas despobladas o cañones inaccesibles, donde únicamente se conservan hoy en día los bosques de ribera con todo su esplendor. ■ El hábitat fluvial La vegetación de ribera es de tipo azonal, relativamente independiente del clima general del territorio. En las zonas de elevada pluviometría, como el norte de la península o el resto de Europa, las diferencias con la vegetación dominante quizás no sean muy acusadas. En cambio, en las zonas de climas secos o incluso semiáridos mediterráneos, la vegetación riparia aparece como una formación arbórea o arbustiva frondosa de distribución lineal o que serpentea los caminos del agua, que contrasta fuertemente con el paisaje circundante, razón por la que ha sido denominada con frecuencia vegetación o bosque en galería. No sabemos a ciencia cierta cuál debía ser el alcance de las riberas en condiciones previas al desarrollo demográfico de la especie humana, pero de buen seguro nos sorprendería su magnitud. Los suelos de las vegas son ricos, profundos y con un buen régimen hídrico, por lo que fueron desde bien temprano aprovechados para la agricultura y el pastoreo. Las mejores huertas de ribera se sitúan en el antiguo dominio de la alameda y la olmeda. Las riberas fluviales constituyen uno de los hábitats más amenazados de Europa. En España, de los cauces fluviales existentes (60.000 km), en más del 80% el bosque de ribera ha sido destruido. Los usos agrícolas, extractivos (agua potable, áridos, madera, etc.), la creciente contaminación por residuos urbanos e industriales y a veces algunas infraestructuras de conservación, amparadas en técnicas poco contrastadas que conllevan la remoción total de los cauces, son las principales amenazas que se ciernen sobre nuestros ecosistemas fluviales actualmente. El estado actual de la vegetación de ribera en las tierras bajas iberolevantinas (cuencas del Segura, del Júcar, del Turia y de otros ríos del país), con algunas pequeñas excepciones, es desde un punto de vista ambiental y paisajístico malo en muchos tramos y pésimo en otros (por ejemplo, Vega Baja del Segura y el Vinalopó). Lo más frecuente es la ausencia total del bosque de ribera, cuyo lugar lo ocupan extensos cañaverales con escasa diversidad o, peor aún, herbazales nitrófilos, más propios de las escombreras y basureros que de un ecosistema tan singular en las zonas secas mediterráneas. La extensión del bosque de ribera se vio secularmente menguada por la constante expansión de los regadíos, hasta reducirla a una estrecha hilera de árboles como única protección residual de los márgenes a la erosión producida por las riadas. Pero esta franja se fue destruyendo aún más y fragmentando paulatinamente desde los años 60 hasta la actualidad. Además, a esta crítica situación hay que añadir un olvido casi secular en el pensamiento de naturalistas, ecólogos y ecologistas, que han dirigido su atención hacia hábitats más emblemáticos como el bosque mediterráneo (carrascales, sabinares, robledales, etc.), las grandes zonas húmedas, que constituyen auténticos reservorios de diversidad de aves, o los ecosistemas costeros amenazados por la especulación urbanística. Solamente en los últimos años se ha empezado a vislumbrar un cierto cambio de actitud que permite esperar un mejor futuro para las riberas. En la reciente Directiva de Hábitats (CEE, D 92/43), que establece las categorías de hábitats naturales, hábitats de interés comunitario y hábitats naturales prioritarios, como categorías de gestión ambiental comunitaria, se presta una especial atención a los hábitats de ribera, de tal modo que una gran parte de ellos están codificados en los anexos de hábitats que hay que conservar. Sin embargo, esta situación podría mejorarse en pocas décadas si cambian las formas de entender los usos potenciales de las riberas y si se establecen normas de protección más severas, seguidas de planes de restauración realizados por científicos y técnicos ambientales competentes. A corto plazo sería imprescindible acometer inventarios y estudios cartográficos de detalle y planes de protección de todos los retales del bosque de ribera que todavía se conservan, y, desde este punto, fomentar la recuperación y mayor extensión futura. En cualquier caso, como dice González del Tánago, la recuperación de la morfología fluvial natural del río, así como la dinámica fluvial y un régimen de caudales ecológico, se perfilan como factores principales para la restauración global de los ecosistemas riparios.
■ Riberas saludables Las galerías ripícolas bien desarrolladas son esenciales para la prestación de un conjunto de servicios relevantes tanto para el ecosistema como para la sociedad, que pocas veces es consciente de ello. Entre estos servicios ecológicos hay que mencionar su papel como filtro biológico de nutrientes y otras sustancias contaminantes, la capacidad de retención de sedimentos, la estabilización de márgenes, la conservación de hábitats y especies, la regulación biofísica del medio y la calidad escénica. La vegetación de ribera, especialmente la arbórea y la arbustiva, actúa como filtro biológico para la absorción de la polución difusa, principalmente el exceso de nutrientes producido por el abonado de los cultivos de las inmediaciones, impidiendo o limitando el arrastre hacia el curso de agua. El gran poder erosivo del agua del río, y en especial en los ríos de régimen torrencial, provoca el arrastre del suelo y la vegetación herbácea, incluso de vegetales leñosos de porte considerable. Cuando el bosque de ribera está bien desarrollado, éstos tienden a estabilizar las márgenes. De otra manera, la abundancia de sedimentos en suspensión puede tener efectos ambientales perniciosos, puede colmatar los cauces fluviales y disminuir la penetración de la luz en la columna de agua. La vegetación de ribera, por la capacidad que tiene de retener los sedimentos, disminuye sustancialmente su entrada en el sistema acuático. El bosque aluvial es un hábitat preferencial para muchas especies de mamíferos, aves, reptiles, anfibios e insectos. Las plantas proveen de alimento y protección, y así se constituyen en un factor condicionante de la diversidad biológica riparia. La presencia de agua abundante, sumada a una vegetación lozana y diversa, representa un cóctel ideal para el desarrollo de una rica comunidad de animales. Muchas zonas de ribera constituyen un elemento fundamental para ciertas aves migratorias, incluso llegan a constituir un importante refugio de invierno. Esto es especialmente cierto para muchas aves acuáticas, pero también para multitud de pequeños pájaros insectívoros procedentes de las frías tierras centro y noreuropeas. Un papel fundamental de la vegetación que orla los cursos de agua es el de corredor ecológico. Las riberas constituyen un sistema de redes que conectan con el resto de ecosistemas adyacentes, por lo cual su conservación y restauración no se puede considerar de manera aislada, sino a escala de cuenca hidrográfica. No es suficiente conservar pequeñas manchas aisladas o hileras de árboles, sino que es necesario mantener la estructura del bosque y su conectividad. El bosque ripario constituye además, en nuestro territorio, uno de los pocos refugios de vegetación caducifolia, por lo que resulta un hábitat insustituible para la flora. Las riberas bajo clima mediterráneo presentan especies que se encuentran en el extremo de su área de distribución, que han evolucionado con cambios infraespecíficos (varietales, poblacionales, ecotipos, clones naturales), que favorecen su supervivencia bajo unas condiciones de mayor insolación y déficit hídrico. La vegetación ripícola controla el flujo de radiación luminosa que llega al lecho de los ríos mediante la sombra que proyecta sobre el curso del agua. Esto es especialmente importante para los salmónidos y otros peces, que se ven desfavorecidos por el aumento de la temperatura del agua y por la reducción de la cantidad de oxígeno disuelto en ella. La galería ripícola proporciona la sombra indispensable para el control de numerosos procesos y modifica el microclima del río. La calidad escénica del paisaje fluvial está indisolublemente ligada a la presencia de vegetación en los márgenes de los cursos de agua, especialmente en territorios mediterráneos donde el verdor de la ribera contrasta con la sequedad dominante del paisaje. La contribución escénica de la vegetación se ve enfatizada cuando se conjuga con otros factores como la meandrización del río, el encajonamiento o la presencia de elementos que testimonian la interacción del hombre con el río a lo largo del tiempo.

Figura 1. Representación esquemática de la zonación catenal y distintos elementos de la vegetación de ribera. 1) Franja de vegetación arbustiva y helófitos; 2) franja de vegetación del bosque de ribera. Elementos; bo: bosque de ribera; so: sotobosque herbáceo; li: sotobosque arbustivo (zarzales); ba: sotos riparios; he: helófitos; hi: hidrófitos. ■ Las zonas riparias Una de las principales particularidades de los sistemas fluviales es su marcado gradiente unidireccional aguas abajo. El agua siempre fluye hacia la mar, llevando semillas, sedimentos, ramas hurtadas a los árboles del río, materia orgánica en descomposición, etc. Este es el concepto de flujo ripario, cuyos efectos sobre la vegetación son el resultado de la suma de dos componentes: uno continuo, reflejado en la erosión y depósito de sedimentos, debidos al transporte normal del lecho, y otro episódico, debido a las avenidas y crecidas que ocurren con cierta periodicidad, capaces de desarrollar una fuerte acción erosiva sobre el lecho y la vegetación, inundación prolongada, aterramientos, etc. Parte de este flujo del río ha sido interrumpido por las presas y embalses que cierran el paso hacia el mar. La mayor o menor proximidad al cauce (presencia de agua freática), y la mayor o menor intensidad de la inundación lateral, condicionan y organizan el hábitat de ribera. Como consecuencia de todo esto, en la vegetación riparia se presenta una clara zonación catenal o toposecuencia. El fenómeno de la zonación riparia es relativamente fácil de observar en los ríos mediterráneos y septentrionales de Europa (figura 1). Fisonómicamente queda bien delimitado en las denominadas habitualmente franjas o bandas de vegetación riparia.
■ Heterogeneidad de ambientes El enorme dinamismo de las comunidades influidas por el régimen de crecidas obliga a enfocar la ribera desde un punto de vista temporal, además del espacial, a fin de comprender la dinámica y razón de ser de cada comunidad. El efecto de la irregularidad de los caudales tiene como consecuencia más evidente el arrastre de materiales en determinados puntos y la deposición en otros tras el transporte. El camino del agua cambia a menudo dejando brazos de río muertos, privados del flujo de agua, dejando lagunas o charcos temporales que son rellenados por cada crecida. Es decir, se crean nuevos hábitats aptos para colonizar mientras que desaparecen otros en diferente grado de consolidación. En otros casos se produce un rejuvenecimiento de la vegetación, lo que estimula la sucesión vegetal a fin de rehacer las heridas. Como se suele decir popularmente, “el cuento de nunca acabar”, esta es, al fin y al cabo, la esencia del río, construir y destruir.

Los tarayales, que a veces actúan como sustitución de la alameda, sobre todo en territorios muy secos, serpentean orlando los ríos, como en esta fotografía del Segura, cerca del Puente de Híjar. Fotos: A. Aguilella El resultado de esta rica diversidad de ambientes es que la vegetación de ribera se suele configurar como un mosaico de varias comunidades en distintos grados de evolución, lo cual permite, o exige, el mantenimiento de estructuras metapoblacionales. En el momento actual estas comunidades arbustivas y herbáceas dominan el paisaje de ribera, sustituyendo al bosque desaparecido. Pero, incluso en condiciones naturales, no toda la ribera debía ser dominio del bosque sino que la debía compartir en mayor o menor medida con estos tipos de vegetación. Las zonas inundadas son el ambiente de las plantas acuáticas que colonizan el mismo curso del agua, así como zonas de notable encharcamiento. Hay especies para todas las situaciones. Para las aguas corrientes, para las estancadas, para las de movimiento limitado, etc. Espigas de agua, milenramas y lentejas de agua figuran entre las más frecuentes. Los charcos y zonas pantanosas de aguas tranquilas y poco hondas permiten el desarrollo de la vegetación helofítica. Carrizales, eneales y masiegares suelen ser las formaciones más extendidas. Los cenagales de las orillas formados por los limos depositados por la corriente del río son un territorio abonado para la producción de biomasa y por tanto son rápidamente tapizados por vegetación herbácea. Las formaciones de apio y berro son herbazales de hierbas jugosas que crecen en la misma orilla del río, en aguas eutróficas de pocos centímetros de profundidad. Los terrenos más estables, con el tiempo se cubren de juncales, y en otoño los suelos exondados en verano traen otro tipo específico de herbazal higronitrófilo dominado por el duraznillo y la grama de agua. En las zonas despejadas en el territorio del bosque de ribera, se forman prados de diversa índole, como los fenalares, que se extienden tapizando densamente el suelo, muy a menudo cubriendo campos abandonados, y gramares que cubren las zonas más pisadas. Las dos, además, significan los primeros estadios para la recuperación del bosque. Sin embargo, esta reconstrucción tiene otro aliado incondicional que es el zarzal, del que se apoderan las zarzas y espinos. Estas plantas, provistas de tallos arqueados, que hacen uso de sus grandes y curvadas espinas para anclarse a los árboles o entrelazarse con otros de su especie, constituyen una inexpugnable barrera que recubre y protege el suelo, acelerando la recuperación de la vegetación, además de proveer de abundantes frutos para nutrir la avifauna.
■ Barrancos y ramblas: dominio de sargas y adelfas
En determinados cauces con estiaje prolongado o con pequeño caudal permanente que discurre sobre lecho rocoso sin suelo de ribera, bajo condiciones de torrencialidad estacional, el desarrollo del bosque de ribera se ve limitado y es sustituido por arbustos. En los barrancos y ramblas la vida resulta muy distinta de la de los ríos. La discontinuidad, magnitud e incertidumbre de la circulación se traduce en un efecto destructor que tiende a seleccionar rigurosamente su poblamiento vegetal. En las zonas mediterráneas con sustratos calcáreos, como es el caso de la fachada marítima valenciana, se desarrollan los adelfares, donde se entremezclan ciscas, zarzales y tarayales, formando bosquetes más o menos densos dependiendo de la actividad hídrica. En ríos de estas características, en otras zonas peninsulares crecen los llamados tamujares (formaciones de Securinega tinctoria) –en la vertiente iberoatlántica– y formaciones de sauzgatillo o agnocasto (Vitex agnus-castus) –en la vertiente iberomediterránea, por ejemplo al norte del Ebro. La adelfa no puede llegar a las zonas de montaña. El frío la detiene poco más tarde que al palmito, que queda en la tierra baja termomediterránea. En estas condiciones dominan el paisaje densas saucedas arbustivas que no sólo crecen en los barrancos y ramblas, sino también como primera franja en la vegetación riparia, donde el efecto de las avenidas y la inundación son mayores. La gran flexibilidad de los mimbres, que tan bien aprovechada ha sido para la elaboración de cestas y otros objetos artesanales, es una característica de primera necesidad en este ambiente, así como la capacidad de rebrote y de enraizamiento. Los sauces más frecuentes son la sarga, la mimbrera purpúrea, la bardaguera y, en menor medida, la mimbrera (figura 2). 
Figura 2. Algunos representantes habituales de los bosques riparios (debajo), y de sus orlas (encima), mostrando diferencias en la dispersión zoócora y anemócora respectivamente. a) Zarzal (Rubus ulmifolius); b) madreselva (Lonicera hispanica); c) rosal silvestre (Rosa canina); d) espino albar (Crataegus monogyna); e) emborrachacabras (Coriaria myrtifolia); f) sanguiñuelo (Cornus sanguinea); g) olmo (Ulmus minor); h) álamo blanco (Populus alba); i) fresno (Fraxinus angustifolia); j) Acer granatense; k) sauce blanco o salgar (Salix alba); l) taray o tamariz (Tamarix canariensis). Dibujo: S. Ríos
■ Una maravilla de la naturaleza Sea como sea, la vegetación de ribera es, además de la piel verde del río, la síntesis de la interacción de múltiples factores ecológicos e históricos. Un libro abierto que nos desvela la vida más íntima de los ríos. Desde la primera página, donde nos habla de ambientes montanos, donde cada primavera se funde la nieve que nutre el río en su cabecera, hasta el epílogo protagonizado por las llanuras aluviales litorales donde se para el incesante transporte de aguas turbias que se abren camino hacia el mar. Bien vale la pena reflexionar sobre la relación con el mundo ripario desde una base de respeto y consideración hacia esta maravilla de la naturaleza. Bibliografía Costa, M., 1999. La vegetación y el paisage vegetal en las tierras valencianas. Ed. Rueda. Madrid. Blanco et al., 1997. Los bosques ibéricos. Una interpretación geobotánica. Planeta. Barcelona. Folch, R. ,1981. La vegetació dels Països Catalans. Ketres. Barcelona.
Antoni Aguilella. Jardí Botànic, Universitat de València. Segundo Ríos. Centro Iberoamericano de la Biodiversidad-CIBIO, Universitat d’Alacant. © Mètode 38, Verano 2003.
| | «En España, de los cauces fluviales existentes (60.000 km), en más del 80% el bosque de ribera ha sido destruido»
 Sauceda de montaña en el río Mijares. En las zonas montañosas los sauces arbustivos, principalmente sargas (Salix elaeagnos subsp. angustifolia), adquieren gran protagonismo porque pertenecen a una de las pocas especies que pueden soportar la violencia de las crecidas repentinas. Foto: A. Aguilella 
Las choperas, a menudo sustituidas por plantaciones de especies híbridas de chopo como en esta fotografía, dan un toque especial de color y calidez al paisaje cuando se acerca el invierno. Foto: A. Aguilella «Como se suele decir popularmente, “la canción de nunca acabar”, esta es, al fin y al cabo, la esencia del río, construir y destruir»  La alameda es el bosque de ribera por excelencia. En esta imagen, tomada en el río Turia a su paso por La Olmeda, se puede ver un bosque joven de álamos colonizando las tierras adyacentes al río. Foto: A. Aguilella 
Muy a menudo, para poder atravesar sierras y montañas y llegar al mar, los ríos se abren camino a través de profundos cortados como este de Chillapájaros, en el Mijares, más arriba de Montanejos. Hay que destacar las manchas que se observan dentro del agua, que corresponden a matas de espiga de agua (Potamogeton pectinatus). Foto: A. Aguilella  Los barrancos mediterráneos, como este de los alrededores de Cofrentes, en verano se engalanan con la floración rosada de la adelfa (Nerium oleander). Foto: A. Aguilella  En los tramos bajos de los grandes ríos valencianos, el bosque fluvial ha sido sustituido por cañaverales antrópicos tan densos que los de una orilla casi tocan los de la otra. Cañaverales del río Turia a su paso por Bugarra. Foto: A. Aguilella |